Brujilda y el caldero mágico perdido, (de Eva María Rodríguez)
En lo más profundo del Bosque de las Cosquillas Encantadas vivía brujita llamada Brujilda. Tenía un sombrero puntiagudo, una escoba con campanitas y una risa que hacía cosquillas en el aire.
—¡Ji-ji-juuu! —reía, y las mariposas se escondían entre las hojas… aunque luego salían a verla bailar.
Brujilda no era como otras brujas. En vez de hacer hechizos traviesos, preparaba pociones que hacían crecer las flores más rápido, curaban rodillas raspadas y hacían cantar mejor a los pájaros.
Pero una mañana, cuando fue a su rincón de las pociones, gritó:
—¡Ay, por los bigotes de mil sapos! ¡Mi caldero mágico ha desaparecido!
Buscó bajo las setas, dentro del armario de escobas y hasta debajo de su cama (donde solo encontró un calcetín con estrellas). Nada. El caldero no estaba.
Brujilda frunció el ceño y dijo con voz seria:
—¡Esto parece trabajo de... ¡nadie! Porque todos aquí son muy buenos! Pero igual... ¡tengo que encontrarlo!
Montó en su escoba y voló hasta el árbol del Señor Búho, que dormía con una bufanda de lunares.
—¡Señor Búhooo! ¿Has visto mi caldero mágico?
El búho parpadeó, dio un bostezo enorme y dijo:
—¡Ju-ju! Lo vi rodando por la colina de las zarzamoras… pensé que era una rueda encantada.
—¡Gracias, Señor Búho! —dijo Brujilda, y voló zumbando como abeja feliz.
Al llegar a la colina, encontró al Conejo Saltarín dando vueltas y más vueltas. En la cabeza llevaba… ¡el caldero!
—¡Es mi sombrero nuevo! ¡Me hace rebotar más alto! —gritaba el conejo mientras giraba.
—¡Conejito! —dijo Brujilda entre risas—. ¡Ese no es un sombrero, es mi caldero mágico!
El Conejo Saltarín se paró en seco. Sus orejas se bajaron y dijo muy bajito:
—Oh… lo siento, Brujilda. Pensé que alguien lo había dejado tirado.
Brujilda sonrió, lo abrazó y dijo:
—No pasa nada, amiguito. Pero este caldero es muy especial. ¡Con él hago magia buena para todo el bosque!
El conejo le devolvió el caldero con cuidado. Estaba un poco abollado… pero seguía siendo mágico.
Esa noche, Brujilda preparó una poción especial de felicidad. Tenía pétalos de sol, risas de ardilla y un poquito de canción de rana. Reunió a todos los animales del bosque y, con su varita en alto, dijo:
—¡Que la alegría salte como el conejo y vuele como los búhos!
Y así fue. El bosque entero se llenó de lucecitas, carcajadas y abrazos saltarines.
Desde entonces, cuando algo desaparece, todos preguntan primero:
—¿Lo tiene el Conejo Saltarín en la cabeza?
Y Brujilda ríe con su voz de campana encantada:
—¡Ji-ji-juuu!
—¡Ji-ji-juuu! —reía, y las mariposas se escondían entre las hojas… aunque luego salían a verla bailar.
Brujilda no era como otras brujas. En vez de hacer hechizos traviesos, preparaba pociones que hacían crecer las flores más rápido, curaban rodillas raspadas y hacían cantar mejor a los pájaros.
Pero una mañana, cuando fue a su rincón de las pociones, gritó:
—¡Ay, por los bigotes de mil sapos! ¡Mi caldero mágico ha desaparecido!
Buscó bajo las setas, dentro del armario de escobas y hasta debajo de su cama (donde solo encontró un calcetín con estrellas). Nada. El caldero no estaba.
Brujilda frunció el ceño y dijo con voz seria:
—¡Esto parece trabajo de... ¡nadie! Porque todos aquí son muy buenos! Pero igual... ¡tengo que encontrarlo!
Montó en su escoba y voló hasta el árbol del Señor Búho, que dormía con una bufanda de lunares.
—¡Señor Búhooo! ¿Has visto mi caldero mágico?
El búho parpadeó, dio un bostezo enorme y dijo:
—¡Ju-ju! Lo vi rodando por la colina de las zarzamoras… pensé que era una rueda encantada.
—¡Gracias, Señor Búho! —dijo Brujilda, y voló zumbando como abeja feliz.
Al llegar a la colina, encontró al Conejo Saltarín dando vueltas y más vueltas. En la cabeza llevaba… ¡el caldero!
—¡Es mi sombrero nuevo! ¡Me hace rebotar más alto! —gritaba el conejo mientras giraba.
—¡Conejito! —dijo Brujilda entre risas—. ¡Ese no es un sombrero, es mi caldero mágico!
El Conejo Saltarín se paró en seco. Sus orejas se bajaron y dijo muy bajito:
—Oh… lo siento, Brujilda. Pensé que alguien lo había dejado tirado.
Brujilda sonrió, lo abrazó y dijo:
—No pasa nada, amiguito. Pero este caldero es muy especial. ¡Con él hago magia buena para todo el bosque!
El conejo le devolvió el caldero con cuidado. Estaba un poco abollado… pero seguía siendo mágico.
Esa noche, Brujilda preparó una poción especial de felicidad. Tenía pétalos de sol, risas de ardilla y un poquito de canción de rana. Reunió a todos los animales del bosque y, con su varita en alto, dijo:—¡Que la alegría salte como el conejo y vuele como los búhos!
Y así fue. El bosque entero se llenó de lucecitas, carcajadas y abrazos saltarines.
Desde entonces, cuando algo desaparece, todos preguntan primero:
—¿Lo tiene el Conejo Saltarín en la cabeza?
Y Brujilda ríe con su voz de campana encantada:
—¡Ji-ji-juuu!
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